Fundación Tiempo de Vivir

Embajador Deportivo


Puedo perder la vida, pero la vida no me la pierdo

La Fundación Tiempo de Vivir, presente en el Maratón 42K de Buenos Aires

Entrevista de María Victoria Pérez

“Puedo perder la vida, pero la vida no me la pierdo” Gabriel Montesco, embajador deportivo de la Fundación Tiempo de vivir, dijo presente, una vez más, en el 42k Maratón de Buenos Aires 2016 del Bicentenario que se corrió el domingo 9 de octubre.

Gabriel Montesco pudo cumplir nuevamente su objetivo: completar los 42 kilómetros del Maratón de Buenos Aires en 4 horas 19 minutos.

A sus 40 años, Gabriel sabe certeramente cuál es el eje fundamental de su vida: sus hijos, su familia y sus afectos. Esos afectos lo impulsaron hacia la recuperación cuando en 2007 le diagnosticaron un linfoma no Hodgkin. Debió someterse a quimioterapia, rayos y un autotrasplante de médula posterior cuando la enfermedad reincidió al año siguiente. “Siempre uno se pregunta ‘por qué a mí’, hasta que un día me dije ‘por qué no a mí’, y lo pude tomar de esa manera, siempre pensando en positivo”, asegura Gabriel.

Gabriel decidió nunca bajar los brazos: hizo todo por recuperarse, y en ese camino encontró una terapia más: correr. “Eso seGabriel Montesco y Cristian Coco lo debo a un amigo con el que entreno y corro. Antes de la enfermedad me resultaba totalmente aburrido, no estaba en mis planes. Jugaba al fútbol y al tenis pero no corría. Además después del trasplante caminaba una cuadra y me agitaba. Pero fuimos a correr un día, empezamos haciendo 2 kilómetros y a partir de ahí me obsesioné. Se me volvió adictivo, todos los días corro un poco más”. Así llegó a correr este año, por segunda vez, el Maratón 42k con la camiseta de la Fundación Tiempo de vivir. Gabriel asegura que ser Embajador deportivo de la Fundación es una forma de agradecimiento “a toda la gente del Hospital Italiano y una manera muy linda de ayudar y difundir”. Gabriel no está solo a la hora de correr ninguna carrera: su familia, verdadero motor de su vida, lo acompaña en cada paso: “siempre vienen, inclusive arman una carpa para esperarme. Es muy lindo”, relata.

La actitud de Gabriel ha sido y es su gran arma: logró comprender, aceptar y aprender de lo vivido de la mejor manera. Hoy asegura que no cambiaría nada de lo que le ocurrió: “no me imagino mi vida sin haber pasado por esto. Lo tomo como parte de algo que tenía que pasar. Es una mala anécdota, ya pasó. Me fortalecí en un montón de cosas”. La enfermedad resignificó su vida por completo. “Cambia la tabla de valores totalmente, ahora disfruto más. Cuando tengo tiempo elijo disfrutar más de la familia, los amigos… uno cambia esas cosas. Antes trabajaba más. Vivo sin eludir responsabilidades pero haciendo todo en distinta medida”.

Hoy, recuperado, se realiza controles médicos cada dos años. “Luego del alta lo vivo tranquilo, uno no deja de ser un paciente oncológico así que algo de nervios hay, pero lo llevo con tranquilidad”.

Este domingo Gabriel volvió a correr poniéndole el cuerpo, una vez más, a su lucha y a su compromiso con la vida, llevando y transpirando la camiseta de la Fundación que lo curó y acompañó en el camino para alcanzar su meta.

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